miércoles, 7 de agosto de 2013

Parking (Parte II)

El miedo explotó como terrones de azúcar, desgranándose, disolviéndose y pegándose a su cuerpo con tacto pegajoso. Un miedo vasto como el fondo del mar, oscuro y denso como brea, árido y fangoso como un pantano, atragantado como un bocado reseco. Emborronaba su mirada y nublaba la actividad de su mente, abandonada en un torrente de pánico creciente, atormentada, ensuciada, embrollada con cientos de latidos desbocados que huían y tropezaban con neuronas perturbadas. 
Quieta.
Agazapada, con las manos apoyadas en el suelo y la cabeza gacha, intentaba no mover ni un solo músculo pero el temblor de su cuerpo aleteaba en el aire circundante. Temía que eso bastara para delatarla. 
Tenía los ojos abiertos como pozas, respiraba dificultosamente por la boca entreabierta y su piel transpiraba mareas que enturbiaban su cuerpo. Una punzada eléctrica circundó su cabeza y la hizo gemir mentalmente de dolor. 
Levantó la vista hacia la nada y escaneó la negrura en busca de un movimiento, intentando ver algo, conjeturando la posibilidad de un ataque, anticipando un impacto, intuyendo un sufrimiento. 
Nada sabía sobre lo que tenía en frente. Qué era. Cómo era. Por qué estaba ahí. Qué quería. Si era humano o criatura; si era un juego o una caza; si era observada o presa; si era hostil o inocuo; si se iría o se acercaría. No podía saber si estaba cerca o lejos, si como ella intuía o si realmente la veía. 
Sólo sabía que, aún en la más absoluta oscuridad, estaba totalmente expuesta. 
No tenía opción. Estaba completamente desarmada y desorientada. 
No habían escondites ni posibilidad de encontrarlos. No podía moverse ni correr ante el miedo de chocar directamente con Aquello, de lanzarse directamente a sus fauces. 
Lo único que le quedaba era esperar y tensar los músculos.
El silencio bombeaba estrépito hacia cada rincón. Nada se oía. Nada se movía. No sabía que podía hacer.
Lentamente, se incorporó sobre sus rodillas e intentó ponerse en pie. Tendría más capacidad de reacción que en aquella incómoda postura que empezaba a hormiguear sus piernas. Poco a poco, su cuerpo recuperó la postura bípida. Respiró hondo y notó que sus músculos bajaban.
Dio un paso hacia adelante cargado de sigilo y con un peso enorme en el zapato, sintiendo en ese instante un hálito extraño en la nuca. Una respiración constante, frenéticamente acompasada, cargada de furia, templaba su piel. La presencia se había instalado justo a su espalda. Sentía que la tenía tan cerca que si movía un solo dedo, podía tocarla. No se atrevió a hacerlo. Sus instintos le decían que Aquello, era grande y poderoso. Que en lo que durara un suspiro, podría destrozarla.
¿Cómo lo había hecho? ¿Cómo le había dado alcance? ¿Cómo había podido aproximarse hasta ella sin tan siquiera oír nada? ¿Qué podía hacer? ¿Tenía alguna posibilidad o estaba perdida?
Estaba petrificada, y en su interior temblaba como una hoja.
Aquello, si tenía ojos, debía estar observándola fijamente, con la boca entreabierta, con tensión en sus posibles movimientos, con ansiedad en el rumor de sus pulmones. Próximo, tan próximo que sin tocarla podía asfixiarla. A milímetros de distancia. Tan pegado a ella que la escapatoria era una quimera.
Entonces, lo oyó gruñir.
Era un sonido extraño, apagado y brusco. Hiriente como una laceración. Mordiente como un espacio vacío bajo los pies. Peligroso como un encuentro.
Más que un gruñido, era como un rechinar de dientes. Eso era. Los maxilares apretados, rumiando sin parar, unido a un gorjeo seco y cadente.
El rechinar de dientes se hizo más intenso y más frecuente. Como si se estuviera preparando para el ataque.
Y entonces, sucedió algo que empapó su cuerpo.
Otro rechinar de dientes se inició justo enfrente de ella. A escasos centímetros de su nariz.
Otro a su izquierda, junto a su hombro, a la distancia de un folio.
Se inició otro, justo al lado, entre éste y el gruñido de la espalda.
Otros dos a cada lado del rumiar que tenía enfrente.
Y uno más comenzó a escucharse a su derecha.
Estaba completamente rodeada.
De pronto, el rechinar de dientes se extendió por el parking. Detrás de cada uno se iniciaba otro.
Y otro.
Y otro.
Y todos y cada uno se escuchaban inmediatamente detrás del anterior. Pegados unos a otros. Una vasta población de gruñidos la rodeaban e inundaban el parking como marea alta.
Los tenía tan cerca que se sentía aprisionada. Envuelta por ellos.
Aislada.
Se sintió enterrada de pie.
No podía respirar.
No podía mover un solo músculo sin chocar con Aquellos que la rodeaban.
Irremediablemente, perdida entre fauces rechinantes, se echó a llorar. Un sollozo callado y lento que se fundía entre la algarabía de aquellos seres.
Anticipó el momento del primer mordisco.
Y en aquel instante, justo en aquel instante, en un segundo previo, en un eterno microinstante, las luces de emergencia del parking titilaron.
Un frenético rumor a zapatillas arrastradas se inició bajo el auspicio de un gramo de luz. Le pareció ver algo, unas sombras, una especie de formas semihumanoides corretear en ordenada formación.
Pero no estaba segura.
De repente, los fluorescentes de todo el parking carraspearon y uno detrás de otro se fueron encendiendo, iluminando por momentos el garaje.
Sus ojos, inyectados en nervios, necesitaron su tiempo para acostumbrarse de nuevo a la luz.
Estaba sola.
Completamente sola.
Miró hacia un lado y hacia otro, buscando algo, pero no divisó a nadie ni a nada.
No había rastros. Nada.
Vio su coche, justo enfrente.
Intentó dar un paso hacia delante con el pie derecho y topó con algo.
Bajó la vista, alarmada.
Era su móvil.
Estaba ahí, a un escaso centímetro de su pie.
Se agachó a recogerlo.
Antes de que pudiera tocarlo, empezó a vibrar.
Una alarma. La cita de hoy.
En el suelo, aquella vibración producía un sonido extraño.
Parecía... sólo parecía...  un rechinar de dientes.

viernes, 21 de junio de 2013

Parking (Parte I)

Como cada mañana, cruzó el umbral, se dio media vuelta e introdujo la llave en la cerradura. Ajustó la puerta en el marco y dio dos vueltas para que su casa quedara sellada. Encaminó sus pasos hacia el ascensor, con sosiego en el andar y altanería en los movimientos de su cuerpo. Presagiaba que el día iba a salir bien. Pulsó el botón de llamada y esperó pacientemente hasta que el alargado vidrio del centro de la puerta del ascensor se fuera iluminando desde abajo hacia arriba. Entró y pulsó el botón correspondiente a la segunda planta del parking. 
Durante el trayecto de descenso, repasó mentalmente sus planes para ese día. El trabajo que el día anterior había quedado a medias, el par de llamadas que tenía que hacer, la comida con su amiga, la reunión de primera hora de la tarde, la cita a la salida del trabajo. El ascensor se detuvo bruscamente y las puertas interiores le dijeron que ya podía salir. Abrió la puerta y cruzó el pasillo hasta el cortafuegos que daba acceso a la zona de aparcamiento. 
Sus pasos resonaban en aquel silencio eléctrico, mutilado por los cebadores de los fluorescentes que no paraban de crujir. La iluminación era sobria, debido a que alguna de las lámparas había agotado su ciclo y titilaba agonizante. 
Levantó la mirada y vio su coche justo enfrente. A escasos metros. 
De golpe, se hizo oscuridad. 
La luz desapareció y la negrura invadió el espacio por completo. Una noche negra y espesa como un túnel sin salida, como un pozo taponado, como estar en el medio del vacío más absoluto. No veía nada. No oía nada. Negro y silencio. 
Levantó la vista y buscó las luces de emergencia, pero tampoco funcionaban. 
Respiró hondo e intentó calmarse. No había problema, tenía el coche justo enfrente. Era lo último que había visto antes de que se fuera la luz. Sólo tenía que seguir recto y lo encontraría. Se decidió a dar un paso y eso  tranquilizó sus nervios un poco.
Avanzó y avanzó entre la densa oscuridad. Lo hacía con cautela, con paso lento y cuidadoso, pensando que en cualquier momento iba a darse en las rodillas con el frontal de su coche. Los brazos extendidos hacia delante, buscando el vehículo o cualquier objeto o columna con los que pudiera topar. Podía hacerse daño, así que tenía que ir con calma y cuidado. 
Los segundos pasaron y se convirtieron en minutos, los pasos se multiplicaron y la distancia se hacía extrañamente lejana. Las manos tanteaban el espacio en busca que un objetivo que no se materializaba, de un coche que ya debería estar ahí. 
De repente, sus dedos tocaron algo rugoso y frío. Se separó con sobrecogimiento en el cuerpo. Respiró un momento y volvió a levantar las manos para palpar. Pronto se dio cuenta. Era la pared. 
El coche no estaba ahí. 
No podía ser. Estaba. Sabía que tenía que estar. Había seguido una línea recta. Seguro. Segurísimo. Una línea recta. No había desviado el paso, ni había girado, ni torcido, ni trazado diagonal alguna. 
¿O quizá sí? 
¿Y si se había desviado? ¿Hacia donde? ¿Hacia la derecha? ¿Se había despistado? ¿Pensando en algo? ¿En qué? ¿La izquierda? ¿Pero cómo podía haberse desorientado? 
Sopesó avanzar palpando hacia un lado, pero no tenía claro cual. El coche tenía que estar cerca. O el del vecino. Eso es. Alguno tenía que estar cerca. Avanzó hacia la izquierda con sensación sucia en las manos. Caminó y caminó, pero seguía sin encontrar nada. 
Se detuvo. Aquello no podía ser. 
¿Y si estaba caminando sin sentido? ¿Y si estaba en una zona de paso y no entre las plazas de parking? No podía seguir a tientas. Llevaba mucho rato así. Y la luz que seguía sin volver. 
Se metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y buscó el móvil. Lo usaría como improvisada linterna. Esa era una buena idea. 
Pulsó un botón para iluminar la pantalla y lo desbloqueó para que estuviera encendido más rato. Por fin un poco de luz. Levantó el móvil para iluminar el lugar donde se hallaba y en ese momento, algo pasó a su lado, tan rápido como una exhalación, con tanta fuerza y fiereza que el móvil salió despedido y cayó al suelo varios pasos más allá. 
Su cuerpo se estremeció de tal modo que podría haberse congelado espontáneamente. 
Gritó y preguntó quién estaba ahí, pero no obtuvo respuesta. El silencio agrietó el eco de su voz y penetró de nuevo, como un fluido en el espacio circundante. 
Nada se movió. 
Nadie contestó. 
Intentó calmarse de nuevo. Quizá había sido una corriente de aire que, unida a sus nervios, le había asustado y convertido en alguien patoso.  
Sí, tenía que ser eso. Una corriente, idiota. 
Pero, ¿De donde? No había ventanas ni puertas abiertas.
Tenía que recuperar el control. 
Lentamente, se agachó y de cuclillas, palpó el suelo en busca de su móvil. Dirigió su avance hacia donde lo había oído caer, dando a sus movimientos el balanceo de un detector de metales.
De repente, lo oyó. 
Alguien o algo, estaba apartando su móvil lejos de su alcance. 
Ahora tenía la total seguridad. 
No estaba sola.

martes, 4 de junio de 2013

Per... fecciones

Depende de cuales sean las circunstancias de tu vida, levantarte por la mañana y planificarte el día puede ser harto complicado. Bueno, quizá complicado no, pero sí absurdamente estéril. Cuando nos planificamos el día, se nos olvida tener en cuenta factores caprichosamente influyentes como el tiempo, las posibilidades, las voluntades de los demás y sobre todo,  las ganas de uno mismo. 
Sentado ante el ordenador me doy cuenta muchas veces que la mañana se destila de manera implacable, que  cabizbaja bucea entre mis anhelos y mis temores y se abalanza sobre mi como un gato furibundo. Son esos días en que los objetivos imaginados se aplanan como el papel y se convierten en objetivos realistas que muchas veces se posponen. Tan claros y lacerantes como una espina de pescado entre los dientes. Se convierten en esas ocasiones en las que pasan las horas y te abruma la amarga sensación que provoca la insatisfacción. 
Hay circunstancias en la vida en que el tiempo es ese laxo capricho que se banaliza y se adormece y que, cuando se despierta sobresaltado, se siente perdido. 
Posponer debería catalogarse como sinónimo de Perder y emparentado con Perfección. Perder y Perfección, que empiezan igual, son palabras parejas que muchas veces caminan cogidas de la mano y se dan el lote cuando nadie las ve, escondidas entre los matorrales de los parques, en las lindes de los bosques o en las riberas de los ríos.
De las peores características que puede tener tu forma de ser es que vayas por ahí siendo un adicto a la perfección, porque entonces te pasas la mitad de tu tiempo perdiendo momentos como resultado de posponerlos. Amar la perfección es un rasgo afín al temor y cuanto más temor se tiene, menos se avanza. 
¿Existe el miedo a la perfección? Sí, pero quizá a pretender que todo lo sea constantemente. El deseo de perfección lleva a la autoexigencia, la autoexigencia al estress, el estress a la ansiedad y la ansiedad al caos. 
Uno tiene que entender que no todo siempre a a salir bien ni a la primera, puede que ni siquiera a la segunda y debemos aceptar que exista una tercera. Uno tiene que entender que el tiempo se va y que las ocasiones   se hacen vaho. 
Aceptar que existe un factor de riesgo que es inherente a la realidad humana, al hecho de hacer y no dejar de hacer. Ese factor de riesgo que no viene por pensar en peligro sino por pensar en arriesgar. 
Muchas veces me encuentro con ideas que volatilizan por mi mente, que anidan y se escapan como pajarillos migratorios. Hay que madurarlas sí, pero no en exceso porque, como las aves, cuando tienen capacidad de volar no vas a poder retenerlas. 
Tengo un tesoro tras la mirada y una duda entre los dedos. La lucha es constante entre el avanzar y el rumiar, entre el buscar el momento y el dejar que el momento se vaya, entre el redirigir las oportunidades hacia nuevos rumbos y el seguir creyendo que por la calle por la que transito llegarán todas. Sin embargo, todo apunta a que el norte ha cambiado de lugar. 
Paladeo este momento de catarsis con regustos de cambio y deseos de nuevas vistas. Creo que llega el momento de ser actor y asumir el riesgo. El momento de mirar hacia el espacio y conquistar galaxias nuevas. De construir mi patrimonio a base de venturas y desaciertos, de travesías y pantanos, de claves de sol y síncopas posibles, de todo lo que llevo dentro y sé que es bueno. 
El único temor es temer a temer. 
Eso y que no confíes en mi.  

martes, 19 de febrero de 2013

Seguir Adelante

Un día más te levantas y no sabes qué es lo que los demás tienen preparado para ti. 
¿Para ti? Sí, sí, para ti. ¿Nunca has pensado que hay ocasiones en las que parece que, mientras duermes, el mundo se afila la puntera de la bota con la que va a darte una nueva patada y esta vez, con más ahínco? 
Los malos se ponen todos de acuerdo, se reúnen con sus libretas negras y sus miradas afiladas, encerrados en salas desprovistas de escrúpulos, bajo la fría luz de una lámpara, a decidir qué van a no dejar tranquilo hoy. Debaten y deciden, convienen, montan y destruyen. Se hinchan como pavos mientras organizan tus minutos, tus días y hasta el ritmo de tu respiración. Te miran a los ojos sin verte y se sonríen pensando que, una vez más, tienen tu futuro en sus manos. Y cuando terminan, se aplauden entre ellos como si sus decisiones fuesen dogmas. 
Una vez más, te levantas pensando que pasará hoy. Pues déjame recordarte algo: 
Los pavos nunca aplauden la llegada de las Navidades, como dice el refrán. 
Hasta los malos tienen fecha de caducidad. Un día, se convierten en pedazos de pasado desmenuzados como pastillas de caldo. Son como esos baches que le han salido a la carretera de tanto usarla, como una cara desconocida en una esquina que acabas de girar, como un espacio vacío entre dos palabras, como el último borracho saliendo de un bar a la madrugada, como papel mojado, como tierra ensuciada por vertidos tóxicos, como una voz que nadie va a escuchar... No sirven para nada. 
Ten por seguro que un día, sus culos se encogerán tanto que colapsarán y al colapsarse deflagarán en un tremendo Big Bang. 
Y ya sabemos que con un Big Bang se inicia un universo. 
Tu Universo. 
Cada día, tu día te amanece para preguntarte cómo te vas a enfrentar a él. 
No te encojas de hombros ni rehuyas la mirada, porque el mayor reto que podemos plantearnos cada mañana al salir de la cama, es seguir adelante. 
Nadie dijo que fuera fácil, pero nadie dijo que dejaras de hacerlo.
El sol en la cara que calienta pero no quema, las tostadas con aceite del bueno, la mirada de "que bien que estés aquí", la canción que salta por si sola, las peleas que terminan en risas, las cosquillas en esos piececitos que te comerías, las palomitas que acaban bajo la butaca, los platos sin fregar, el final de un libro, la voz al otro lado del teléfono que te hace morir de risa, las manos que se encuentran bajo las sábanas, eso que sólo ella y tu sabéis, el chocolate después de cenar, quince besos seguidos que resuenan por toda una estación de tren, la bombilla que se vuelve a encender, cómo te ríes cuando te lo cuentan, que por fin quiera hablarte de lo que le pasa, despertarte y seguir en ese abrazo, el olor a sal en la piel, mirarte y con eso saberlo todo. 
No me digas si no compartes razones para seguir adelante. 
La razón por la que luchamos contras las adversidades es seguir disfrutando de las vivencias y felicidades que construyen nuestra vida. Ante todo y por encima de todo, somos lo que compartimos con los que nos quieren y a los que queremos. Somos lo que no nos arrebatan, aquello por lo que nos gusta dejar que el tiempo pase sin más, por lo que dar las gracias es un fenómeno espontáneo. Somos todo eso que contamos con orgullo. 
Decía el filosofo Epicteto que no nos afecta lo que nos sucede, sino lo que nos decimos que nos sucede. A veces es muy difícil ser impermeable a lo que pasa, a lo que te agrede y a lo que no termina nunca.  Pero también es cierto, que  debemos relativizar los hechos y pensar que, para nosotros, siempre habrá una salida mejor. Que no estamos solos y no nos enfrentamos a nada solos. Nadie está más sólo que aquel que cree que deja solos a los demás. Ese es el desperdicio para los malos. 
Cuando no sepamos como seguir adelante, la fortaleza está en pensar en lo que nos espera.
Y por mi parte, a ti lo que te espera es un abrazo. 

viernes, 31 de agosto de 2012

Feliz Año Nuevo

Las lluvias de finales de Agosto, traen los primeros avisos del final del verano. 

Cuando ves llover en Agosto, sabes que queda poco para guardar las cremas, los aftersun, meter los bañadores en la caja donde guardas la ropa de fuera de temporada y hacer esa lavadora exclusiva con las toallas de playa. Desnuda o desnudo, revisas tu moreno frente al espejo del baño antes de la ducha y, con alegría o pesar, compruebas si el objetivo se ha cumplido o no. 

En ese momento, te das cuenta que ha llegado el momento. Ese en el que te desprendes de tu verano y regresas a Tu Resto del año. 

Es una época parecida a fin de año. Nos proponemos retos que estamos seguros que vamos a cumplir y a perpetuar en el tiempo. En algunos casos, el reto está en asegurar que todo continúa como hasta ahora. Que nada se altera y que haremos lo que sea por evitar que una pata de la mesa se nos rompa. En otros, la búsqueda está en hacer que las cosas, las preferencias, los quehaceres, los miedos, los sueños y todo aquello que tengamos danzando dentro de la mente, den la vuelta y se pongan a caminar en el sentido contrario a dónde van y que es a ninguna parte.

En lo que a mi concierne, mi reto mayor está en hacer que Mi nuevo Resto del año sea diferente al de este largo verano. Y que no solo consista en mudar la ropa y cambiar sandalias por zapatos. 

Algo me dice, que se acerca el momento en que las cosas van a empezar a cambiar. 

En todo. 

Evidentemente, el camino puede ser largo. Pero he de concienciarme de que va a ser así. La ilusión es lo último que estoy dispuesto a perder.  

Cuando te encuentras en situaciones en que todo se detiene, te das cuenta que vives rodeado de sueños. De sueños por cumplir y de sueños rotos. Los primeros, si los sabes administrar en el tiempo, probablemente te esbocen horas de incertidumbre y de alegrías. Y poco a poco, irán formando capítulos de tu historia. A los segundos tienes que aprender a sedarlos con rapidez antes de que te partan el alma. Y ya se sabe que no hay nada más difícil de coser que un alma rota. 

Hoy sé que, de nuevo, tengo que emprender caminos solo. Desplegar mis mapas y detallar los senderos a seguir. Hoy sé, que no puedo seguir estando quieto. La calle es un lugar yermo sin el sonido de mis pasos. Las horas parecen botellas vacías. Los días se fotocopian y las noches se ahuyentan unas a otras. Pero todo al final, se va. 

Nuestras vidas son pequeñas ciudades en miniatura. Construimos sus casas y sus calles, urbanizamos terrenos nuevos y nos dotamos de equipamientos que nos hagan nuestra vida más cómoda. De vez en cuando nos cambiamos de gobierno y donde antes nos movíamos para un lado, luego lo hacemos para el otro, pero siempre con un sentimiento de bien común más o menos acertado o equivocado. Si cerramos los ojos y miramos bien, nos veremos a nosotros mismos entrando en esas pequeñas casitas. En unas llevaremos nuestras vidas ordenadas, en otras seremos un jodido desmadre. Pero en todas nos reconoceremos a nosotros y al hacerlo, nos daremos cuenta de cómo queremos vivir y de cómo, de tanto en tanto, necesitamos abrir las puertas de nuestras pequeñas casitas y salir al exterior. 

Hoy sé que hay que salir a encontrar futuros nuevos que se entrelacen con presentes ya existentes. 

Hoy sé que tengo que abrir la puerta y salir de mi pequeña ciudad en miniatura. 

Y creo que Tú, como quiera que te llames, estás destinado a hacer lo mismo. 

viernes, 22 de junio de 2012

En tu forma de entenderlo


Se miraron un instante.
Sus ojos se adentraron en pupilas y escudriñaron entrañas en busca de latidos. Descendieron precipitados por la columna vertebral del otro, adueñándose de temblores y de sensaciones dispersadas por el estallido. El fuego les recorría como magma bajando la ladera de un volcán y los sentidos se desorientaban unos con otros haciendo espacio, atrapados en el torrente interior.
Ella, aún replegando sus alas, preguntó:
- ¿Me Quieres?
Él, mirándola a los ojos con firmeza, contestó con latidos en la voz:
- Contesté Sí a esa pregunta antes de que se creara.
Se abrazaron de nuevo y los susurros les cobijaron por completo. Se besaron una y otra vez, sin parar de transmitirse.  Deteniéndose, tan solo instantes, para entrelazar sus alientos; los labios entreabiertos a escasos milímetros; aire envuelto en calor exhausto; retales de un acelerado pulso anterior que seguía alimentándolos.
Ella entrecerró los ojos y, satisfecha, se recostó. Briznas de pelo junto a sus párpados, respirar paciente surcando su pecho, manos relajadas sosteniéndola. Olor a él perfumaba la almohada.
La tenue luz nocturna iluminaba su rostro, encendido como una estrella. Miles de imaginarias mariposas revoloteaban por su vientre, salían de su interior, llevándose consigo los ecos de un placer absoluto.
Sus labios dibujaron una sonrisa.
Inspiró profundamente y por momentos, se quedó dormida.
Él la contempló desde el silencio de la noche, admirando como la silueta de su cuerpo se dejaba lamer por el espacio.  
Lentamente, las yemas de sus dedos se aproximaron a la espalda de ella y con ternura infinita comenzó a acariciarla. Recorrió todos los poros de su piel y los retuvo en su tacto. Sentía su finura, el delicado aroma que transmitía su cuerpo, la suave adicción que le provocaba su piel.
Una vez más, se sintió vivo. Y una vez más, a través de aquellas caricias, volvió a recordar.
Como de un instante a otro, habían entrado en la habitación atropelladamente con sus cuerpos anudados, besándose, tocándose, dándose gestos, deshaciéndose de las ropas que se interponían entre su piel y sus sentidos.
Deslizados sobre las sábanas, cientos de caricias les surcaron. Primero a través de las palmas de las manos; juguetonas las puntas de los dedos, que delimitaban perfiles y escudriñaban tundras. Él la tocaba y la cogía, apretaba con sus manos sus costados, su vientre, allí donde terminaban sus costillas, palpaba pausadamente sus pezones, sujetaba su rostro rendido en la almohada, hundía sus dedos entre su pelo embarullado.
La acarició con todo lo que tenía en él. Con los brazos, con el cuerpo, con los labios. Incluso la acarició con la mirada.
Ella le devolvía los gestos besando en la base de su cuello, rodando sus manos por la fuerte espalda de él, mordiéndole, haciéndolo suyo con el lazo de sus piernas, tejiendo su sudor al de él.
Ella sucumbió al placer cuando él se decidió. Sintió brotar una corriente desde su propio centro que la hizo estremecer. Tanto, que se agarró a él con fuerza por si fuera a caerse en el vacío. Él la envolvió con su cuerpo y, con extrema cadencia, ahondó con mimo en la suave y húmeda aventura de amarla.
Surcó contracorriente sus ríos mientras ella flotaba, completamente abandonada. Él la oyó gemir. Una vez. Una vez más. Y lejos de rendirse, lejos de desfallecer, se adentró en sus rápidos cada vez más fuertes, cada vez más explosivos, hasta precipitarse en caída libre hacia el firmamento.
Ambos lanzaron una voz hacia todo el universo.
Creyeron morir y renacer.
Sintieron ser, por instantes, por sentidos, por latidos, completamente libres.
Ella despertó y sintiendo los recorridos de las manos de él por su piel, barrió la noche con una sonrisa. Se giró hacia él y buscó sus ojos con un filtro en la mirada. Sonrió y le besó en los labios.
Aun exhausta; aún regalada; aún con miles de recuerdos en forma de sentimientos regados por su cuerpo; aún con un susurro en la voz, preguntó:
-          ¿Y por qué me quieres así?
Él acarició los olores que emanaban de su cuerpo y respiró su calor. Se abrazó a su vientre y mientras las manos de ella jugaban en su pelo, contestó con un brillo en la voz:

-          Por tus gestos, en tu arte, por los nuestros… En tu forma de entenderlo...


Inspirado en la canción "Rincón Exquisito" de SECOND. Versión en directo incluida en su álbum "15".
Puede verse el vídeo aquí 

domingo, 27 de mayo de 2012

Aprender

Escribir es como cocinar. El día que te pones y te sale bien, acabas satisfecho con el resultado, disfrutas con lo que has cocinado, te pegas una buena siesta y piensas que tienes que repetirlo. Sin embargo, el común de los días terminas calentando en el microondas, algo rápido y sin complicaciones.
Pensar si tienes algo que decir es más o menos eso. Cuando te pones no sabes muy bien cuál va ser el resultado, pero lo que más te inquieta es preguntarte por qué demonios lo haces. Yo creo que cuando escribes en un espacio como éste, un blog, y no lo haces para explicar tus recetas preferidas o colgar las fotos de tus salidas de fin de semana, por ejemplo, lo haces porque necesitas un espacio de catarsis donde vaciar todo o parte del intrincado fluido que se administra por tus entrañas.
A veces ese fluido te impulsa y otras te oprime.
Necesitas lanzar al aire aquello que te inquieta o que te anima para hacer partícipes a quienes te leen de tu momento vital y pero sobre todo, por la quimera de recibir un eco que te diga “sí, compañero, a mí también me pasa”.
Últimamente, por ejemplo, me he dedicado a recopilar motivos por los que ir aprendiendo un poco cada día sobre lo que es formar parte de la Humanidad. Los resumiría brevemente en los siguientes lemas:
-     El único talento válido en esta vida es la capacidad de amar.
-     Nunca te preocupes por lo que los demás digan o piensen de ti porque no tiene absolutamente nada que ver contigo.
-     Una de las cualidades más bonitas en una persona es que, aunque haga mucho tiempo que no la ves, no te haga reproches.
-     Es imposible que seas como los demás quieren que seas. Dado que solo es posible que seas como honestamente quieres ser tú, te amarán por eso.
-     Abrir puertas hacia los demás es tan sencillo como empezar por un “Hola”.
-     Cuando los deseos o cualidades los convertimos en exigencias irrenunciables, es cuando aparecen los problemas, las tensiones, las lejanías. Y nos olvidamos de lo que verdaderamente importa (Ver punto uno).
-     Pase lo que pase en la vida, mantén siempre tu paz interior.
Pues sí. Los humanos nos pasamos la vida desgastando nuestras energías en querer saber y comprender como nos ven y nos valoran los demás, en reprocharnos salvajemente cosas sin valor, en querer que los demás sean como queremos que sean y nos olvidamos que lo único importante es cómo nos quieren y cómo queremos nosotros.
Me esfuerzo cada día en querer y en valorar con admiración, detalle, deleite y gratitud, las demostraciones que en el mismo sentido hacen las personas con las que comparto momentos que construyen mis sensaciones, sentimientos y recuerdos. Me esfuerzo por abrirme a los demás y por vencer el miedo a nuevos colores. No siempre consigo lo que quiero, no siempre acierto, pero he llegado a ese tipo de conclusión que te lleva a creer en el intentar más que en ganar o perder. Lo mejor que puedo hacer por mi crecimiento es quitarme fronteras y pedirlo todo.
A veces te equivocas. A veces hay cosas que no encajan. A veces parece que estás y no estás. A veces la torpeza te hace de apuntador. A veces fallas. A veces simplemente no tienes lo que los demás demandan.
Pero no hay nada más aburrido que la perfección. Me decepcionaría mucho pensar que existe.
Es como darse por vencido en algo. Me niego  renunciar a algo en lo que crea, sienta, quiera y forme parte de mi existencia. Sólo puedo mejorarla y llevarla hacia delante.
La fortaleza de lo que vives está en lo que lo impulsa.
Punto uno.