jueves, 1 de enero de 2015

Enrocad a La Reina


Parte Tercera. La Reina.

Era una noche espesa como un pensamiento recurrente. La luna se elevaba poco a poco, apartando estrellas y desgajando nubes en su creciente avanzar, mientras su influjo esparcía migajas de luz sobre la vasta planicie del tablero.

Hasán no podía dormir. Su mente se debatía en voces y su alma se agitaba como espuma de oleaje. Se sentía quemar por dentro. Las revelaciones de aquella vigilia eran hielo e incandescencia; luz y abismo; espacio y suelo; un contrapunto perverso que dinamitaba todo lo creíble. Su rey era un traidor y la guerra una falacia. No existía conquista ni victoria, no había paz ni territorio a ganar. Sólo un trueque maldito a cambio del vacío.

Las manos le ardían y el pecho subía y bajaba con la fuerza del desboque. Acostado en su catre, se sentía inquieto y fiero. Se irguió y se frotó la cara con las manos. Levantó la vista y parpadeó. Por las telas de la tienda se escapaban átomos de luz lunar. Puso los pies en el suelo y se levantó. Necesitaba alimentarse de aire.

En el exterior, la calma se desparramaba en forma de bolitas que recorrían el suelo conteniendo ronquidos. La tropa dormía placida y su dormitar se unía al crepitar de la tierra y al timbrar monótono de los insectos que poblaban la estepa. Sombras de luz agitaron la bóveda celeste mientras un trueno estampó bramidos en el horizonte. Levantó la vista y respiró el viento cambiante. Probablemente aquella noche iba a llover.

Zarandeó sus pasos hacia puntos descoordinados entre aquí y ningún lugar. Se hizo pasajero de vigilias y caminó alrededor del campamento como un sonámbulo consciente. Sentimientos y voces trepaban por sus vísceras y surcaban sus túneles de sangre. Apretaba los puños con fuerza y los abría con la intención de liberar la energía que le impedía calmarse.

Se sentía morir por momentos. Odiaba tener que contemplar como una piedra preciosa era denostada. Por qué alguien era incapaz para hacer valer un valor valioso. No podía permitir que aquello sucediera. No podía dejar que su Reina fuera moneda de cambio. Pero se reconocía a sí mismo amargamente desolado ante la cabalgante impotencia que le abrumaba las sienes.

No sabía qué hacer.

Llegó hasta su roca y se sentó en ella. Meditabundo, su mirada se perdió entre restos de estepa abierta. Se mantuvo allí, quieto, durante un largo rato. Sobre él, a miles de kilómetros de altura, la noche cosió nubes con hilo de relámpago. El predio se ensombreció y guturales aullidos de tormenta traquearon un cielo cálido y agitado. Ausente, Hasán latía con ardor.

Poco a poco, la noche se decidió a decantar agua. Lágrimas nubadas perecían en su devaneo hacia el terreno e impregnaban el ambiente de un creciente y tupido olor musgoso. Gotas como dagas suaves que restallaban contra el cuerpo candente e inmóvil de Hasán. Ajeno al empaño que la lluvia producía en su ser, fue sin embargo consciente de un sonido que le resultaba particularmente familiar.

El relincho de un caballo se expandió entre el chipchopear del aguacero circundante. El animal había sido despertado con prisa y su inquietud en el relinchido indicaba que intuía su monta de manera inminente. Hasán se levantó y corrió agazapado en busca del corcel. No era algo normal a aquellas horas de la madrugada. Pronto, junto a los establos, divisó la figura majestuosa de un alazán blanco. A su lado, un hombre ataviado con ropajes oscuros se disponía a montar en él. Puso el pie derecho en un estribo y se impulsó para subir. De inmediato, partió hacia la espesura hundiéndose en el negror de la noche.

No necesitaba nada más para saber quién era. Conocía el caballo y conocía por las formas de su cuerpo, la identidad de aquel hombre que salía a cabalgar en la noche.

El sultán.

Hasán se quedó quieto durante unos minutos contemplando el horizonte nocturno. Su mirada, charqueada por la lluvia, se afiló para tratar de distinguir el trote del caballo entre las sombras. Intuía hacia donde iba. Imaginó a qué. Un pacto iba a ser sellado esa noche.

Con paso quedo, se aproximó hasta la jaima real. Deambuló alrededor. Todo estaba en calma. Se detuvo ante la puerta y un pálpito le hizo temblar. Sabía que podían matarle por sus pensamientos, pero deseó con todas sus fuerzas que ella apareciera en la puerta. Esperó largo rato, en silencio, dejándose impregnar por una lluvia que lentamente escarchaba su cuerpo. Los pies atados a su portal.

Pero ella no salió.

Hasán resignó su alma e inició el camino de vuelta a su cama. Fue al pasar junto a la parte de atrás de la jaima, que unas telas se descorrieron dibujando una silueta en la tenue luz lunar.

Era Ella.

La Reina.

Llevaba un camisón blanco anudado a la cintura con cuerda. El pelo, largo, lacio, caía enmarañado sobre sus hombros y su pecho. Sus formas exquisitas se adivinaban bajo el ropaje. Su mirada era profunda como una posesión.

Se contemplaron durante un tiempo en el que en silencio se dijeron muchas cosas. Un tiempo laxo como una apetencia. Un tiempo tras el cual, ella le tendió una mano.

Y él se aproximó.

Reina y Soldado entraron de la mano en la jaima y las telas interpusieron un muro entre el resto del mundo y ellos. Se miraron de nuevo largamente. La Reina se situó frente a él y puso sus manos sobre el pecho de él, acariciando la camisa empapada. Él la miraba con mirada penetrante y fija, mientras gotas de agua goteaban de los mechones de su pelo. La camisa, pegada a su piel, dejaba entrever su pecho firme, musculado, ligeramente velludo. En el silencio de la noche, el sonido de la lluvia que caía se licuaba entre el creciente fluir de la respiración intensa de ambos.

Reina y Soldado se besaron. Sus labios se buscaron con pasión. Sus bocas fue lo primero que entrelazaron. Y sus lenguas. Luego, le siguieron las manos. Los brazos. El cuerpo. Un beso tras otro beso. Tras otro. Mordiéndose, paladeándose. Entremezclándose en besos largos. Un beso sucesivo, voraz. Como si necesitaran cada beso para poder vivir. Respirar por los labios, morir de aire.

Se separaron un instante y se contemplaron. Ella desabrochó uno a uno los botones de su camisa y le despojó de ella. Él puso su mano derecha en la cadera de ella y la apretó contra su cuerpo, besándola de nuevo. Ella gimió desde la profundidad de su boca encadenada. Sintió placer en aquel gesto. Sintió ganas en el cuerpo de él.

Él desanudó la cuerda que acordonaba a la Reina para, lentamente, abrir ropajes, desplazarlos hacia los costados, acariciar con sus manos la piel, que ya estremecía, mientras la ropa se rendía a su avanzar y dejaba espacio.  Con un gesto leve desde los hombros, desprendió la prenda y ésta desvaneció en los pies.

Extasiado, él contempló el cuerpo desnudo de ella. Ella se dejó mirar. Su piel cobriza, moldeaba formas túrgidas. Su cuello largo y fino. La cadencia precisa de sus hombros. Sus pechos firmes, excitados, selectos. La turbia calidez de su vientre. La exacta redondez de su ombligo. Sus caderas de formas fluviales. Las laderas interminables de sus piernas. La delicada ternura de sus pies.

La acarició con tacto milimétrico, con temor a quebrar algo precioso. Las manos calientes de él recorrieron su piel adentrándose en tundras, sabanas, mares y océanos de piel. Llegó a sus nalgas y sus manos saborearon su perfecta turgencia. Rotaron sobre cada una de sus nalgas como queriendo abastecerse, aproximarse al placer que sugerían.

Él levantó la vista y sus ojos abisales encontraron los de ella. Se besaron de nuevo. Largo. Suave. Con deguste.

De pie, en medio de la alcoba, ella abandonó su boca y besó su incipiente barba, la base de su mandíbula, su cuello, el precipicio de su pecho. Descendió quedamente por su vientre, besando sus abdominales extremadamente marcadas, mientras sus manos apercibían el desbocado de la respiración de él y se enredaban suavemente entre su vello. Siguió bajando y besó las lindes de su cadera. Él la contemplaba hacer, acariciando su largo pelo azabache.

Ella descorrió el nudo que sujetaba el pantalón de él y se ayudó de ambas manos para correrlo hacia los pies. El miembro de él se irguió altivo y grueso, viril. Ella lo tomó entre sus manos y lo acarició. Él tembló en su presagio.

Un rayo destelló en el horizonte y su luz penetró en la estancia a través de las lonas de la jaima, en el momento en que ella se decidió a probar el miembro de él. Lo hizo con cadencia, lamiéndolo lentamente e introduciéndolo con un ritmo acompasado en su boca. Él sintió la humedad circundarle y el cálido movimiento de sus labios ensalivar su miembro por entero. La lluvia acrecentó su ritmo; gotas enormes impactaron sobre el techo de la cámara. Y ella se movió con la lluvia. Él se sintió flotar en la luz crepuscular.

Absorto, ido, transportado a un lugar lejano, él la detuvo en el momento en que una sacudida de placer emergió de las entrañas de su cuerpo. La sujetó con sus manos y la elevó, irguiéndola firmemente y transportándola en un suave movimiento hacia la cama. Era un lecho enorme, amplio como una sabana, mullido como el vientre de un animal salvaje.

Él se situó sobre ella y la contempló un instante. Se miraron a los ojos por momentos gustosos cargados de fulgor. Deslizó sus manos sobre su cuerpo y la besó en la boca. Besos largos e intensos,  como una caída libre, como una victoria voraz, como un desmedido anhelo de más. Abandonó la boca de labios carnosos de ella y se adentró en su cuerpo. Depositó besos en cada centímetro de piel; descendiendo lentamente, elevándose en cada pecho en la búsqueda de los pezones, circundándolos, paladeándolos, haciéndolos crecer y enloquecer. Trazó un camino de besos que dibujó ríos entre las costillas, alcanzando el ombligo, dejando que su lengua jugara con él. Sus manos inundaron de caricias el cuerpo de ella, haciendo emerger sensibilidad incontrolada en cada poro de piel. En su descender, su boca encontró el sexo de ella. Se detuvo un momento y contempló como la respiración de ella se hacía más exhausta.

Un instante después, ella se arqueó de placer.

Él lamió su sexo exquisito. Con las manos recorriendo las caderas, los costados,  el vientre y el pecho de ella, él paladeaba el íntimo sabor. Su lengua recorrió labios verticales. Se adentró en el fluir de ella buscando su punto goloso. Y lo encontró, haciendo que ella se revolviera gustosa. Se detuvo un instante y contempló latidos bombeados desde el corazón estallar en el sexo de ella. Con cuidado, introdujo un dedo. Lo hizo salir y entrar. Lo hizo girar dentro. Lo hizo palpar. Ella intentó apagar un grito orgásmico. Él Introdujo un segundo dedo. Ambos dedos se movieron independientes dentro de ella. Uno hacia delante y otro hacia atrás, alternándose, cimbrando dentro de ella. Y así la hizo explotar.

A kilómetros de allí, en un lugar iluminado por antorchas y custodiado por espadas, un trato estaba siendo cerrado. La paz era comprada poniendo precio a una mujer. Dos manos de distante color de piel se estrecharon y un documento fue rubricado. Un brillo de satisfacción resplandecía en los ojos de un hombre. Tras los ojos del otro, el diablo arrancaba el alma a jirones.

Ella gimió un infinito cuando él la penetró. Se sintió llenar, como si un oleaje de goce emergiera desde donde nada es exacto y hacia donde todo explota para hacerla elevar. El ritmo era preciso y cauteloso, pleno de amor y deseo de satisfacer. El oleaje se hizo mar profundo y devastador. En ese movimiento de fuera hacia adentro y hacia fuera, ella necesitó sujetarse a las espaldas de él para no caerse.   

Rodaron sobre la cama y ella se situó sobre él. Él seguía acariciándola con desmesura. Ella le cogió de las manos y las paró sobre la cama, a la altura de su cabeza. Entre la lluvia, se escuchó el susurro calmo de ella, apaciguando su bravía por un instante. Se miraron y él se sintió brillar. La luz nocturna le permitía el espectáculo perfecto del cuerpo erguido de ella. Su largo pelo caía sobre sus pechos como cortinajes. Su vientre liso respiraba placer. Sus caderas se acomodaron mejor sobre el miembro de él. Y así, con ritmo tenue, ella comenzó a cabalgarle.

En aquel momento, la lluvia se detuvo.

Las espadas saludaron a los hombres que salían de la tienda. En la noche, se escuchaba el escurrir del campamento.  Gotas de agua que resbalaban hacia un terreno empapado. El corcel blanco aguardaba con movimientos nerviosos de cola. Los firmantes se miraron de nuevo y estrecharon una vez más sus manos. La reunión finalizaba en aquel gesto.

Era hora de regresar.

La luna desmadejó nubes y se abrió paso entre mantas de algodón suspendido. Junto a ella, miles de estrellas se estremecían, como si hubieran pasado frio durante la lluvia. El haz de luz lunar restalló sobre la Tierra e iluminó la habitación, donde un hombre gemía de placer. Ella le amaba con profundidad, en galopes ciclópeos que le adentraron en tundras incendiadas. Un movimiento selecto y sostenido, que la elevaba para hacer que el miembro de él se adentrara más y más, explorador profundo, perforador enorme, buscador de sensaciones.

En el influjo lunar él la miraba con ardor, contemplando su cuerpo absoluto en lenta cadencia, moviéndose sobre él, gobernándole, procurándole estallidos de placer, provocando el bramido de sus fieras internas, que aún pedían más. Las manos de él la sujetaban con firmeza y la acariciaban durante minutos eternos como confines. Sincopadamente, ella aumentó el ritmo. Él sintió brotar un atisbo de detonación desde su profundidad sexual y quiso detenerla. Pero ella no quiso. Le miró como lo hizo la primera vez que se descubrieron, a través del fuego de la hoguera, ella danzando para él, la intensidad floreciendo en cada poro, la seguridad de saberse poderosos, el uno para el otro, el uno en el otro.

El caballo galopaba raudo de vuelta al campamento otomano. El sultán viajaba sobre él. Con la mirada perdida en la ruta nocturna, se descubrió absorto y ausente. Se dejaba llevar por la monta, mientras su espíritu era devorado por una culpa famélica. Intentaba calmarse con mensajes mentales. El ejército cristiano era poderoso y demoledor. Aquella guerra hubiera entrado en una fase devastadora para el pueblo otomano. El rey cristiano le había prometido una carnicería humana en la siguiente contienda. Sí, el precio pagado era muy alto, pero la imagen de su pueblo arrasado le sobrecogía desmesuradamente.

En la jaima real, Reina y Soldado se dejaron llevar y subieron aún más alto. Se abrazaron sin dejar espacio al aire y se sintieron desbocar. Se amaron profundo y grávido. Rebosándose. Estallando en orgasmos de precipicio. Él la llenó de cascadas y ella flotó al sentir su comba. Miles de voces internas gritaron sus nombres en éxodo. Hubo un último estallido vital que se extendió por su piel hacia las puntas de sus dedos.  Ambos emergieron en lava.

Un instante después, él la notó descender. Acostada sobre el pecho desbaratado de él, ella dibujó una sonrisa dulce como un secreto placer. Besó su vientre y levantó la mirada hacia él para contemplarle regresar. Él la abrazó protector, cálido y hondo como una vuelta al hogar. Acarició el pelo desordenado de ella, que se extendía como seda sobre su espalda desnuda. Los dedos recorrían piel y en tacto, recordaban las sensaciones abismales que sus cuerpos habían sentido. Los pulsos reordenaban vapores del alma.

Un primer rayo de luz solar despuntó en la aurora. Irradió destellos de día nuevo en la bóveda celeste y ofreció resplandores que iniciaron combate con las luces de la noche. Los amantes extenuados contemplaron en silencio el albor entreverse entre las telas de la tienda. El amanecer despuntaba así, cuando el caballo blanco llegó a los establos y detuvo su trote. El jinete descendió torpemente y con gesto cansado, condujo al alazán hacia el interior de las caballerizas. Un dulce aroma a ensoñación cubría a Reina y Soldado que se mimaron casi durmientes. El sultán acarició suavemente a su monta y salió de la cuadra. Sus pasos se adentraron en la noche finalizada y se encaminaron hacia la jaima real. En la cama, Reina y Soldado se besaron de nuevo. Se tocaron de nuevo. El fulgor de la gana les anudó por instantes y se quisieron amar. La hierba regada crujía bajo los pies del sultán en su aproximar a la entrada principal de la jaima. Hasán besó a la Reina y los labios de él recorrieron el rostro de ella en busca del oído cercano. El Sultán entró en la tienda. De pié en la entrada se despojó de su ropa oscura. Cautelosamente, la guardó en un arca. Entre susurros y latidos, Hasán pronunció pasiones y promesas en su lengua natal que hicieron estremecer a la Reina.

Instantes después, el Sultán entraba en la estancia principal. Sus ojos se acuclillaron para adaptarse a la tenue luz y fijar escenas.

La Reina, tumbada en la cama, adormecía plácidamente. El sultán se aproximó y en silencio contempló su pelo diseminado sobre los paños de la cama. Ella le ofrecía la espalda y él atisbó una expresión dulce en sus ojos cerrados y en sus pómulos marcados. El sultán giró sobre sus pasos y se perdió en la aún presente oscuridad de la estancia.

La Reina abrió los ojos y su mirada imaginó pasos en la Tierra. Su sonrisa pronunció un nombre en beso. La palabra imaginada, besada, se deslizó bajo la jaima y revoloteó en las primeras luces, empujándose por las corrientes cálidas, buscándole a él.

De nuevo en su cama, Hasán sonrió a la pasión con vida centelleando en el iris de sus ojos. Su mirada lanzada hacia el techo, proyectaba imágenes de mujer bella. Se sentía pleno y seguro. Se sabía poseedor de un destino. Se conocía con fuerza para emprender la batalla final. En sus manos quemaban tactos que quería volver a acariciar; en sus labios, besos que quería volver a estremecer; en su vida, latidos que quería volver a compartir. Para siempre.

Un pulso suave rozó su piel. Por un instante, pensó si fuera un beso lanzado al aire. Un beso enviado por ella. La Reina.

Instantes después, exhausto Hasán se durmió recordando las palabras de su promesa a su Reina.

Todo por el Amor hacia ti.



Inspirado en la canción The Mystic's Dream interpretada por Loreena McKennitt

domingo, 21 de septiembre de 2014

Enrocad a La Reina

Parte Segunda. El soldado enamorado.

 - Muerte al Infieeel!!!!

La hueste se desató en un ataque fulgurante contra las posiciones cristianas, amedrentando con su griterío desde el otro lado del tablero, blandiendo armas y arrancándose los demonios a base de tirones. Los otomanos embistieron como una manada de elefantes tensos. En unos cuantos movimientos rápidos, habían avanzado escaques y amenazaban la primera línea enemiga con ardor inhóspito.

Pronto se inició la contienda cuerpo a cuerpo y el griterío se tornó tumulto mortal. Los sables de los peones de uno y otro bando, destellaban en el sol de la mañana antes de hundirse en la carne de los soldados enemigos. El cuadrado se cubría de cuerpos caídos. Pronto, los artilleros mayores,  alfiles, caballos y torres, tuvieron que entrar en batalla.

Hasan apretaba los dientes  mientras asestaba golpes certeros de sable. El soldado cristiano cayó de bruces ante él mientras su vientre se destripaba, eviscerándose. Hasan avanzó una posición más y encaró al peón que venía hacia él. De pronto, el barullo circundante pareció aminorar y sólo el entrechocar de sus espadas y el grito espantado de ambos era todo el sonido que podía escuchar.

El cristiano atacó con furia y odio. Los ojos inyectados en borbotones de sangre. Las manos eran mareas y la espada silbaba el aire como un proyectil envenenado. Hasan esquivó el envite directo que le envió aquel peón y con un movimiento ágil de su muñeca, alcanzó la mano armada de su oponente y la cortó como una rebanada de pan. El soldado gritó aterrado, no tanto por la amputación sino porque, desarmado, se sintió muerto. De un salto, Hasan se situó a su espalda y antes de que aquél saliera de su estado de desorientación y aturdimiento, le agarró con fuerza del pelo y le degolló sin piedad. El soldado cayó al suelo entre estertores sanguinolentos que tiñeron de rojo el suelo del tablero.

Hasan le observaba, envuelta su mente en una bruma que se desbravaba entre adrenalina descorchada. No entendía lo que acababa de hacer. Se miró las palmas de las manos. Solo sabía que seguía vivo.

- Hasaaan! ¡Cuidado!

El grito actuó como un resorte despejando su mente. Hasan reaccionó y viró su cuerpo completamente para observar como un alfil lanzaba su diagonal mortal hacia él. No iba a tener tiempo.

Una daga desguazó el viento e impactó certera en el cuello del alfil. Malherido, siguió avanzando unas posiciones, aproximándose amenazador hacia Hasan con manos temblorosas. Pero la herida le desangró con avidez y cayó muerto antes de rozarle.

Hasan levantó la vista y la cruzó con la de su amigo Abderramán. Hizo una reverencia que su amigo rechazó con un gesto. Le acababa de salvar la vida.

El combate se declaró de nuevo en tablas y los reyes ordenaron el repliegue de las tropas. Atrás quedaba un campo de batalla repleto de cadáveres esparcidos entre blanco y negro. Los soldados iniciaron un lento camino de regreso a casa con paso cansado y alma gastada.

Las últimas semanas las batallas habían sido encarnizadas, dejando innumerables bajas en ambos ejércitos. Se seguían firmando treguas a razón de tablas que desesperaban a los peones. Todos querían ganar la guerra, pero había un hartazgo generalizado por la longitud que estaba tomando la contienda. Tanto en un bando como en otro, los peones no querían más reemplazos. Deseaban volver a sus casas. Sin embargo, ningún rey estaba dispuesto a claudicar mientras quedaran peones dispuestos a cubrir las casillas que quedaban vacías en la primera línea de fuego. El ejército se regeneraba cada noche.

Aquella tarde, se celebraba un consejo de guerra en la jaima real. Los reyes se habían reunido con todo su estado mayor formado por los caballos, las torres y los alfiles. Planificaban, una vez más, la estrategia a seguir en la siguiente batalla.

En las proximidades, Hasan y Abderramán limpiaban y adecentaban sus armas y uniformes junto al resto de la tropa.  Sonidos de agua sucia y rechinar de sables se entremezclaban con los gritos que provenían de la jaima real. Los dos amigos se miraron y sonrieron malévolamente.

Hasan colgó su uniforme en las ramas de un árbol y apoyó su sable. Decidió refrescarse y se dispuso a lavarse los brazos y el pecho en un cubo de agua de fresca. Se quitó la camisa y el sudor de su cuerpo cristalizó al contacto con el aire. Hundió las manos en el agua y sintió como su frescor le relajaba. Poco a poco, frotó sus antebrazos y sus bíceps con el agua limpia y después, con ambas manos, la lanzó contra su cuerpo, mojándose el pelo.

Caminos de gotas caían por su pecho, surcando su marcado abdomen y perdiéndose en las comisuras de su pantalón, cuando la entrada de la jaima real se abrió y una Reina con rostro entre airado y aburrido salió al exterior y encaminó sus pasos hacia ellos.

Hasan sintió que el suelo se había agachado, reverencial.

- Decidme, soldado... – Inició la Reina, con voz tan tenue como un atardecer.

- Ma… Ma… ¿Majestad?  – Balbuceó Hasan. Tenía las manos petrificadas dentro del agua, como si ésta se hubiera congelado alrededor de ellas. El pelo le goteaba sobre el rostro, como el musgo que crece junto a las cascadas.

- Decidme, ¿por qué creéis que no se ha ganado hoy la guerra?

La belleza natural de la Reina anudó el cerebro de Hasán, ofuscándolo. Los ojos negros de ella se posaron en los oliváceos ojos de él. Una catarata de sensaciones se atolondró en el cuerpo de Hasán, que necesitó unos segundos para acorralar su alma alterada.

- Majestad, en mi humilde opinión – inició Hasan -, deberíamos haber aprovechado más las diagonales de los alfiles. Ha habido oportunidades y huecos en los que avanzar filas y poner en jaque al rey cristiano.

La Reina levantó los brazos al cielo, clemente.

- ¡Lo que yo decía! Hasta los soldados ven lo que el estado mayor niega… - Bajó la mirada y agregó – Gracias, podéis seguir con vuestros quehaceres. ¿Cómo os llamáis, soldado?

- Hasan…                                                           

La Reina sonrió y se dispuso a regresar, avanzando con paso cadencioso hacia la tienda cuando se detuvo un instante.

Giró su cuerpo perfecto a la llamada de los ojos que sabía que la buscaban.

Sus miradas se encontraron nuevamente. El mundo se detuvo para mirarlos. Las estrellas temieron caerse al sentirse crujir.

Nada hubiera importado.

La Reina esbozó una sonrisa amplia como el espacio y devolvió su cuerpo a su camino.

Hasán continuaba zancadilleando al mundo. La mirada, la atención, el pulso y el nervio sólo estaban pendientes de su caminar. Del modo en que el aire se apartaba para dejarla pasar.

- Hasán! Hasán! ¡Vuelve! – dijo entre risas Abderramán, atrapando sus pies flotadores y regresándole a la gravedad.

Se miraron y Abderramán afiló la mirada al advertir los pensamientos que corrían por la mente de su amigo, que se manifestaban claramente en el fondo de sus ojos.

- No puedes mirarla así, Hasán – agregó. – Está prohibido. Como te pillen las Torres acabarás en una celda.

Hasán inhaló hondo, tratando celoso de capturar todo el perfume de la Reina que aún suspendía en el ambiente.

- La amo – Contestó con una certeza que sorprendió a su amigo. Abderramán escrutó a su amigo con gesto crecientemente grave. Bajó la mirada y pulsó a su compañero:

- No sabes lo que dices…

- La amo – repitió Hasán tajante – y sé que ella me ama.

- Esa empresa es imposible, amigo mío. Entiendo que sientas el nacer de miles de flores en tu vientre y el amanecer de cien soles en tu pecho, pero las flores a veces tienen espinas y los soles queman. Ella es realeza y tu, un sirviente de tu rey. Olvídalo.

Hasán cogió su sable y un sonido metálico escaló en el aire. Observó su reflejo en la hoja, que titiló con los últimos rayos de sol que se apartaban en el horizonte. Miró a su amigo firme y dijo con rescoldos en la voz:

- Nada es imposible. El amor con ella no lo es. Su mirada me lo ha dicho.

Noches más tarde, una inquietante inquietud creciente danzaba en el aire y recorría las nucas de los soldados. Corría el rumor entre la infantería que la batalla de la jornada siguiente podría ser la que pusiera fin a la guerra.

Como cada noche, la música sonaba alrededor de la hoguera, pero las notas musicales irradiaban tensión. Miedo en clave de sol.

Miedo a perder. Miedo a perecer.

Sentado en su roca, ajeno a todo, absorto en imágenes, Hasan pensaba en ella. En su voz, en su caminar, en cada uno de sus gestos, en cada regalo de sus ojos. Entre las sombras de la noche, imaginaba su cuerpo, en el delicado moldeo de sus formas, en la adivinada turgencia de su cuerpo, en la sensualidad imaginada tras sus ropajes.

Hasán la amaba y la deseaba. Su amor por ella era tan creciente que temía que le fuera a desbordar. Sentía recelo ante la batalla del día siguiente. Por morir y perderla. Por morir y no llegar a tocarla ni tan siquiera una vez. Por morir sin saber lo que es besarla.

Abderramán se sentó a su lado con una jarra de vino en la mano.

- Los oficiales han hecho la vista gorda – dijo con sulfitos en la voz -. Prefieren un ejército borracho y temerario que sereno y temeroso.

Abderramán ofreció el vino a Hasán, pero éste declinó, poniendo su brazo afectuoso alrededor de su amigo.

- Hay algo que deberías saber – dijo Abderramán.

- ¿Qué ocurre? – preguntó con tensión Hasán.

Abderramán sostuvo la mirada y el silencio enrojecido, por el miedo y el alcohol, duró varias eternidades sucesivas.

- Corre un rumor – inició al fin – pero como rumor que es no se puede considerar una verdad…

- Diablos, cuéntame.

- … según ese rumor, nuestro rey ha pactado una rendición encubierta.

- ¿QUÉ?

- Nuestro rey tiene más miedo a morir que nosotros y todos los soldados cristianos juntos. Y el rey cristiano ha sabido sacar ventaja de eso.

- Y eso en qué se traduce.

- No te va a gustar… – el tono de voz de Abderramán se turbó.

- Por Alá todopoderoso, desembucha de una vez.

- El rey cristiano está enamorado de nuestra Reina. Quiere divorciarse de su esposa y casarse con ella. Propone así firmar la paz entre los pueblos. Y nuestro rey, que no la ama, que sólo se ama a sí mismo, habría aceptado el pacto. Habrían convertido a nuestra Reina en moneda de cambio.

La ira enrojeció el rostro de Hasán hasta hacer palidecer su alma.

- ¿Estás seguro de eso? – Inquirió.

- Ya te lo he dicho, es un rumor… – contestó Abderramán.

Hasán fijó la vista en el punto donde había imaginado que ella aparecía caminando hacia él.

- No lo permitiré – dijo con voz grave.

- Hasán, nosotros… - inició Abderramán.

- Escúchame bien, buen amigo – cortó Hasán -. No permitiré que mi Reina sea depreciada. No permitiré que desgracien su vida en brazos del rey cristiano. Jamás. No voy a dejar que eso ocurra. La amo y aunque nunca llegue a ser suyo, moriré por evitar semejante aberración.

- Hasán…

- ¡Abderramán, es Nuestra Reina! Ella siempre ha sido buena con nosotros y lo sabes. Nos ha querido, nos ha llorado y nos ha respetado. Nuestra obligación es morir por ella.

- Y por nuestro rey.

- Un rey que vende lo más preciado que tiene no es un rey. No es ni siquiera hombre. Prefiero morir por amor a morir por una figura de barro.

Su mirada letal rubricó sus palabras al agregar:


- Éste es el único ideal que tengo. Mi patria es mi corazón. Y mi corazón es Ella. 

sábado, 9 de agosto de 2014

Enrocad a La Reina


Parte Primera. El Universo desclavado.

Erase una vez un tablero de ajedrez, en el que un ejército otomano luchaba contra huestes cristianas por el dominio de sesenta y cuatro escaques nacarados.

Las últimas batallas habían terminado siempre en tablas, tras combates implacables que dejaban a ambas milicias diezmadas y agotadas. La guerra era fratricida y brutal, con atisbos de conquista, pero al final de las contiendas, el empate seguía siendo el veredicto de la campaña.

Ambos ejércitos sabían que solo necesitaban una victoria para hacerse con el territorio y ganar la guerra. Cualquier error podía pagarse caro y la expulsión del tablero suponía la más horrenda humillación.

Aquella noche, los otomanos descansaban en el lado sur del tablero, a unos cinco escaques de distancia del enemigo. Se había declarado un alto el fuego que debía suponer un respiro para unas tropas cansadas. La soldadesca bebía y reponía fuerzas alrededor de una hoguera, mientras dos peones y una torre tocaban música árabe con un bendir, un darbuka y un laúd.

Era una noche densa y aromática como miel recién recolectada, donde el olor de la madera ardiente se mezclaba con el influjo de las flores de azahar. El humo de las cachimbas se elevaba con pereza y astringencia, embriagando el aire con notas de opio.

Los soldados se divertían mientras el estado mayor, formado por los reyes, los alfiles y los caballos se entretenía y pacía en sus jaimas, desgranando así su condescendencia con la algarabía que formaba la infantería no lejos de sus tiendas. Sabían que la moral de la tropa era un arma mortífera que había que alimentar y aquel era su sustento más preciado.

Hasan, observaba en silencio la fiesta sentado en una piedra unos metros más allá del corro y degustando un hirviente té con menta. Sus labios se envolvieron en vapor de té mientras meditaba. Levantó la vista al cielo y escrutó, como cada noche, el titilar lejano y protector de las estrellas. Para él, las constelaciones eran brillantes clavos que sujetaban el Universo a su bóveda. Mientras siguieran ahí, todo iba bien.

Suspiró y regresó su atención al té. No sabía bien por qué, pero con su dulzor Hasan intentaba combatir un amargo vacío que sentía por dentro.

Aquella era una guerra que no le pertenecía.

Entregar su alma para tal fin era el último de sus anhelos. No le importaba morir por un motivo suficiente, pero sentía que su destino no estaba en dejarse la vida en aquel maldito tablero. En su mente ardía un pálpito, la sensación inhóspita de que algo de todo aquello no tenía sentido.

El pensamiento se detuvo como si hubiesen tirado de las riendas de su mente. La música había aumentado de intensidad y los soldados jaleaban a los músicos con palmas y vítores. Cantaban la letra de una canción antigua y muy conocida. Una canción que hablaba de anhelos, anhelos de vida y deseos descontrolados, de la magnificencia del amor y de la entrega sin cambio.

Los cortinajes de la jaima real se abrieron y bajo un umbral de ricas telas apareció ella.

La Reina.

Por un momento, la música enmudeció, pero con un solo gesto de sus manos los músicos comprendieron que la Reina quería que siguieran tocando. La intensidad regresó de nuevo al aire y los sonidos almizclados se elevaron como gotas que caen del suelo al cielo.

Descalza, la Reina se aproximó hasta los músicos y afectuosamente puso su mano sobre la espalda de la torre que tocaba el laúd. Éste se ruborizó por el gesto de la Reina.

Era muy bella. Su largo cabello caoba se desmadejaba en tumulto por su espalda de piel cobriza y formas perfectas. Poseedora de unos ojos grandes y profundos como un mar de noche, su rostro se definía en unos pómulos marcados bajo una piel fina como una caricia y unos labios suaves y carnosos, sugerentes como una espera.

Poco a poco, las notas musicales se agazaparon bajo sus ropajes y acariciaron sus caderas, llevándola hacia el centro del corro. La Reina empezó a bailar y con sus movimientos, amplió la sonrisa de la soldadesca, quienes empezaron a batir palmas con más fuerza. Ella danzaba y giraba alrededor de la hoguera, en una cadencia que desdibujaba sensualidad y feminidad, mientras la música se fusionaba con el sonido de sus pasos en la arena y el crepitar de la madera.

Hasan atenazó su mirada a los movimientos de ella. Sus verdes ojos mozárabes se dilataron absortos y su pulso se perdió en océanos en tormenta. Se alzó y se aproximó, hipnotizado por el danzar perfumado de la Reina.

Ella giraba y giraba y la música subía y subía. Giraba, danzaba y desprendía. La mirada penetrante de él buscó los ojos de ella. La música se entreveraba y la arena se suspendía en el aire encaramada por los pasos que ella ejecutaba. Él se sentía poseer mientras sus ojos anhelaban encontrar los suyos. La mirada de ella era una estela fugaz. La melodía tronaba y las palmas de los soldados hacían vibrar el suelo. El giro se volvía vértigo y el vértigo en abismo. El firmamento quebró y la hoguera rugió de placer.

La música y el baile se detuvieron. El mundo enmudeció y solo se escuchaba la respiración profunda de la Reina al recobrar el aliento.

Los ojos de ella encontraron los de él. Con su mirada, ella le entregó un pensamiento.

Las estrellas se desclavaron y el Universo comenzó a verter.

Y en aquel instante, Hasan lo supo.

No moriría en el tablero de ajedrez. 

miércoles, 9 de julio de 2014

La Palabra Perfecta

En un recóndito recoveco entre  la pasión y el tesoro, amedrentado por estruendos y atenazado por pasarelas, decidí esconderme por un tiempo para curarme gestos y adormecerme fracturas.

Regreso absorto en pensamientos dispares y timoneando en la deriva que propician los tiempos extraños, busco otra vez donde degustar el equilibrio, a la par que me encomiendo a las virtudes conocidas para apaciguar los demonios internos, que se despiertan por las tramas mal orquestadas.

Regreso porque necesito escribir para saber quién soy. Porque necesito que mi cerebro devane palabras y las enmadeje en imágenes y requiebros que no quiero que sean fáciles. Él lo hace así porque es su catarsis, el modo en que licúa sus inquietudes y manifiesta los anhelos de respuesta. El cerebro se desatasca los sótanos y se ofrece la rienda suelta que más le libera. Necesito escribir y escribir así para no estallar en confeti. No me reconozco fácil en estos términos, pero no pretendí serlo. Soy poliédrico como una comisura de labios. Soy raro como un sentido adormecido. Soy una fase lunar en la cara opuesta de la luna. Soy un verbo escrito para no volver. Soy más que ayer y un destello en el mañana.

A veces me dicen que sé usar la palabra perfecta. Que resumo, en casi un solitario término o en una frase extremadamente minimalista, todo un tumulto de sentimientos, de imágenes, de voces, sonrisas, llantos y yemas con exactitud milimétrica y sobresalto en el corazón.

Quizá sea así, pero en múltiples ocasiones me pregunto de qué me sirve.

De qué me sirve esa palabra exacta si la respuesta a obtener en un conjunto vacio. Un silencio acompasado, una nube que pasa, un espacio entre ya y fue. De qué me sirve atender pensamientos, tramitarlos en voces, colorearlos en capas y dulcificarlos entre los dedos. De qué me sirve si después, he de saber que el final de la historia va a ser otro. De qué me sirve anticipar, prender, pedir, proveer, buscar, cocer, palpar, ver, obviar, complicar, dejar, subir, notar, tensar y mostrar, si el susurro que no espero va a estar escrito en la tierra que circunda mis pasos.

La vida ocurre mientras tú te destrozas el paladar. La vida salta y hace piruetas pasando de puntillas por las palmas de tus manos. La vida te regala un terrabastall, como decimos por aquí, y te obliga a reinventar tu vista. La vida te hace pasajes para que siempre los lleves en tu zurrón y te plantea el reto de saber qué más te va a caber en él.

No me reconozco cuando me pierdo. Pero cuando me encuentro, sé que lo que tengo es lo que ofrezco. Que lo que sientes en mi mirada y ves en mi mano es lo que daré a todo aquel que se acerque a conocerme. Alguien me dijo que en la amistad, en el amor, en la paz y en la frontera, iba a ser siempre así, porque no conozco otra manera de ser y dar que ésta que custodio dentro de mi cuerpo.  Y es así.

Mientras las nubes de polvo y suturas se asientan, sitúo mis pies sobre la madre tierra y encorajo mis dedos para que capturen dilemas. Levanto la vista y oteo el espacio en busca de porvenires nuevos entre vapores conocidos. Asimilo que el camino no siempre es el que quiero sino el que me encuentro. Que me alimento de recuerdos y de sueños, de planes por hacer y de otros por contrastar. Que con mis latidos estoy tejiendo algo bonito y que en el placer reside la razón última del despertar.


La palabra perfecta aún no la he dicho.                 

martes, 15 de octubre de 2013

Esto de estar en el paro

Ayer participé en una actividad de Barcelona Activa. Una de esas cápsulas para conocerse mejor y obtener estrategias para salir cuanto antes de este atolladero. En estas sesiones, siempre hay un momento de terapia social, en el que los participantes de la sesión dejan ir su angustia y entre todos se llega a la conclusión que lo que uno vive, el otro lo lleva igual o peor. 
Todo el mundo en estas circunstancias adolece del mismo sentimiento de frustración, de desesperación y de incertidumbre. Sentimientos que tienes al ver que las oportunidades no salen, que el tiempo pasa y que no ves cuando narices vas a volver a tener la oportunidad de demostrar lo que realmente vales. 
A esto se suma esa especie de estigma que llevamos los que ya empezamos a ser parados con muchos meses a nuestras espaldas. Estigma que se traduce en que cuantos más meses pasan, más inútil y desenchufado te sientes. En que a veces te encuentras personas que al saber que sigues en el paro te miran con cara de "¿Todavíaaa?", como si a ver si no va a ser el mercado o las oportunidades sino tu que eres tonto. 
Y de tonto no tengo un pelo.
Lo de estar en el paro es como tener depresión: Quien no lo ha padecido no puede hacerse a la idea de lo que es. 
Sin embargo, de la sesión me llevé un par de momentos importantes. En uno de ellos, la formadora nos animó a no sentirnos mal por estar en el paro. ¿Orgulloso de estarlo? ¿Y por qué no? Esto pasará como pasan las tormentas y de cada momento de la vida se aprende, se lleva y se supera. ¿Me toca vivirlo? Pues lo vivo y en paz! Sí, es un problema y te llena de problemas, te limita y te deja suspendido en el aire por no sabes cuánto tiempo. Pero, como dice un amigo, "no olvides que todo problema es una oportunidad". 
Otro interesante momento fue cuando alguien dijo: 
"La gente se esfuerza por presentarse por lo que hace, no por lo que es. Cuantas veces te encuentras con personas que te dan la mano y dicen "Hola, Soy María y soy Psicóloga." o "Soy Pepe y soy Técnico Informático". No, perdona, eso es a lo que te dedicas ahora. Tu ocupación actual, que mañana puede ser otra. Que mañana, puede que no sea. Pero ese no eres tu. Tu eres la persona que hay detrás."
Puede que esto sea algo sencillo y evidente, pero es verdad. Uno vale por lo que ES y no por aquello a lo que se dedica.
Ambas cosas me decidieron a escribir, por primera vez, un post sobre esto de estar en el paro.  
Primero, porque no me tengo que esconder ni sentirme mal porque siga estando en esta situación. Como todo en la vida, es una circunstancia y las circunstancias nunca llegan para quedarse. Sí, la verdad es que me gustaría que ya se hubiera largado hace tiempo, pero arrinconándome y compadeciéndome no voy a conseguir nada. Sé que cada día, en cada empeño, en cada paso que doy, está más cerca dejar atrás esta etapa. 
Pero además, lo realmente positivo de este periodo es que he aprendido a conocerme como creo que no me había conocido antes. En etapas así, en las que todo a tu alrededor se detiene, la catarsis interna es de tal calibre que te salen las crisálidas por cada poro de la piel. Deseo con todas mis fuerzas no equivocarme en mis pronósticos, pero creo que después de esta etapa, no voy a ser el mismo en mi vida. Me estoy construyendo a mejor. 
Y cuando digo esto no me refiero exclusivamente en lo profesional. Evidentemente, ocupo mi tiempo en formarme, en aprender cosas nuevas, en reciclar las anteriores, en abrir caminos y opciones nuevas, en pensar como prepararme para los cambios constantes que existen ahí fuera. Profesionalmente, conozco mi valía, mi talento innato que va más allá de mi experiencia. Soy un todo-terreno con espíritu urbanita y con miradas de futuro. Dime qué quieres que haga y sé que lo haré. Dime qué tengo que aprender y sé que lo aprenderé. Dime a donde quieres que vaya e iré. No quiero parecer pedante, simplemente estoy orgulloso de mi.
Sobre todo, me refiero a que, en lo personal, me he puesto a prueba y he salido airoso de ello. La vida no para de darme bandazos, pero me niego a rendirme ante ellos. 
Durante todo este tiempo he aprendido muchísimo. Como ser humano. 
He aprendido a observar, a entender y a valorar. He aprendido a saber qué es lo que más me importa de todo lo que me rodea. He aprendido a quererme y respetarme como persona. He aprendido a querer a raudales, sin miedo y sin medida. He aprendido a creer en las personas. He aprendido que soy generoso y paciente. He aprendido que ayudar es la mayor recompensa. He aprendido a ser más tranquilo. He aprendido a adaptarme. He aprendido que tengo unas cualidades que hasta ahora no me había visto. He aprendido a defender lo que parecía imposible. He aprendido que no todo es exacto. He aprendido que hay formas diferentes de hacer las cosas. He aprendido que no todo está tan mal. 
Y he descubierto la maravilla donde antes tenía temores. 
He madurado y he madurado mucho. Ahora no temo ni a mi edad ni a mi momento. Ahora sé lo que quiero para el resto de mi vida. Ahora sé que puedo hacerlo y que puedo serlo. Ahora entiendo lo que puedo esperar y lo que no. Ahora entiendo muchas cosas que antes no entendía. Ahora tengo aspiraciones que antes no contemplaba. 
Y ahora sé que cada día es una victoria. 
Niego el fracaso como opción de vida. Caerse abre un nuevo camino para llegar a la cumbre. Y si no llego por la cara norte, llegaré por la cara sur. Pero llegaré.
Como decía mi amigo, quiero pasar de lo que dirán a lo que digo yo. De lo que piensan de mi, a lo que pienso yo. Quiero crear para ser libre, para ser realmente yo. Porque sólo cuando eres tu, puedes cambiar.
Sí, estoy muy orgulloso de ser quien soy, como soy y de cómo me van las cosas. 
En mi vida y en mi futuro, me repito esta frase como un mantra: 
Lo voy a conseguir.

martes, 1 de octubre de 2013

Lo que te sostiene

Todo en la vida cambia y evoluciona. Si ponemos empeño, cambia hacia caminos que podemos desear, planear o prever. Pero también hacia senderos que nos sorprenderán por imprevistos. Nada se está lo suficientemente quieto. 
En ocasiones, nos gustaría que las cosas no se movieran de donde están. Se convirtieran en instantáneas fijas. O quizás, en vídeos reproducidos en bucle. Porque nos sentimos bien viviendo en ellos. No queremos que nada cambie. Son esos momentos que hemos logrado conquistar. 
Pero la vida cambia y las circunstancias más. Y pobres de ellas que no lo hagan. Todo cambia y en la fuerza natural que está en cada uno de nosotros, existe el modo de paliar el daño que nos produce que una circunstancia que no nos gusta se decida a apedrearnos. 
La vida es esto. 
Obviamente, la vida tiene muchas otras cosas que no forman parte del objeto de esta entrada de blog. Pero la vida, innegablemente, es adaptación y superación del cambio. 
Nosotros decidimos cómo tomamos nuestras decisiones, con el mejor conocimiento que tenemos sobre nosotros mismos. Es así. Somos nuestro dios y nuestro demonio, nuestro fiscal y nuestro defensor, nuestro mayor apoyo y nuestro peor impedimento. 
Pero creo que solos, solos, lo que se dice solos no podemos enfrentarnos a nada nunca. 
Todos tenemos alguien o algo en qué sostenernos. Puede que sea algo pequeño y fugaz, como la sonrisa de tu hijo, la llamada de un hermano, el chiste de un amigo, un whatsapp de grupo, una escapada a la montaña, la sonrisa que te provoca quien sabe provocarte, una caricia de tu pareja. En fin, miles y miles de cosas. Puede ser algo o puede ser la combinación de muchas. 
En mi caso, lo que me sostiene es el amor incondicional  de las personas que me rodean y que me aman sin medida. Y con "sin medida" me refiero a que la única condición que me ponen es que les enseñe quien soy de verdad. 
Así que lo único que puedo hacer y me propongo hacer es devolvérselo con la misma intensidad. Y eso me da la paz. 
Me he convertido en un coleccionista de gestos. De esos gestos con los que eres obsequiado sin pedir nada a cambio. De esos gestos, que te hacen creer que la única maldad humana es la que se ve por el televisor. Gestos de las personas que te ofrecen quienes son para darte cobijo. 
A veces la gente me tiene por una persona fría, callada, reservada, distante, tímida e impasible. Como si viviera escondido en un témpano de hielo. 
Quizá no saben, que tengo una cámara fotográfica por alma y que, por recovecos de mi mente, guardo álbumes enteros de fotos, con momentos e instantes en los que un gesto, por pequeño que sea, me ha llenado el corazón. Y esa alma fotográfica ama con ardor a todos aquellos que me aman. Si llegué a ser un hombre de hielo, hace tiempo que me descongelé.
Los que me quieren es lo más valioso que tengo y es lo que me sostiene. 
Creo que cada uno tiene que encontrar aquello que le mantiene en pie. Cada cual sabrá que es, pero sí creo que en todos los casos se debe cumplir una condición: Lo que te sostiene vive en el presente y es futuro. Nada que haya quedado en el pasado puede sostenerte ya. 
Lo que te sostiene te da la fuerza que necesitas y que, unida a la tuya propia, te impide caer y te hace indestructible. 
Lo que te sostiene te abraza.
Estos  días he recibido muchos abrazos físicos, virtuales, mentales, por mensaje, de voz. A todos los que estáis ahí, que sepáis que estáis en mi álbum de fotos. 
Y he visto abrazos por todas partes, por las calles, pintados, garabateados, en imágenes, en vídeos musicales. 
De éstos últimos me quedo con éste, que expresa perfectamente lo que os quiero transmitir.
Dibujo de Ricardo Siri Liniers



miércoles, 7 de agosto de 2013

Parking (Parte II)

El miedo explotó como terrones de azúcar, desgranándose, disolviéndose y pegándose a su cuerpo con tacto pegajoso. Un miedo vasto como el fondo del mar, oscuro y denso como brea, árido y fangoso como un pantano, atragantado como un bocado reseco. Emborronaba su mirada y nublaba la actividad de su mente, abandonada en un torrente de pánico creciente, atormentada, ensuciada, embrollada con cientos de latidos desbocados que huían y tropezaban con neuronas perturbadas. 
Quieta.
Agazapada, con las manos apoyadas en el suelo y la cabeza gacha, intentaba no mover ni un solo músculo pero el temblor de su cuerpo aleteaba en el aire circundante. Temía que eso bastara para delatarla. 
Tenía los ojos abiertos como pozas, respiraba dificultosamente por la boca entreabierta y su piel transpiraba mareas que enturbiaban su cuerpo. Una punzada eléctrica circundó su cabeza y la hizo gemir mentalmente de dolor. 
Levantó la vista hacia la nada y escaneó la negrura en busca de un movimiento, intentando ver algo, conjeturando la posibilidad de un ataque, anticipando un impacto, intuyendo un sufrimiento. 
Nada sabía sobre lo que tenía en frente. Qué era. Cómo era. Por qué estaba ahí. Qué quería. Si era humano o criatura; si era un juego o una caza; si era observada o presa; si era hostil o inocuo; si se iría o se acercaría. No podía saber si estaba cerca o lejos, si como ella intuía o si realmente la veía. 
Sólo sabía que, aún en la más absoluta oscuridad, estaba totalmente expuesta. 
No tenía opción. Estaba completamente desarmada y desorientada. 
No habían escondites ni posibilidad de encontrarlos. No podía moverse ni correr ante el miedo de chocar directamente con Aquello, de lanzarse directamente a sus fauces. 
Lo único que le quedaba era esperar y tensar los músculos.
El silencio bombeaba estrépito hacia cada rincón. Nada se oía. Nada se movía. No sabía que podía hacer.
Lentamente, se incorporó sobre sus rodillas e intentó ponerse en pie. Tendría más capacidad de reacción que en aquella incómoda postura que empezaba a hormiguear sus piernas. Poco a poco, su cuerpo recuperó la postura bípida. Respiró hondo y notó que sus músculos bajaban.
Dio un paso hacia adelante cargado de sigilo y con un peso enorme en el zapato, sintiendo en ese instante un hálito extraño en la nuca. Una respiración constante, frenéticamente acompasada, cargada de furia, templaba su piel. La presencia se había instalado justo a su espalda. Sentía que la tenía tan cerca que si movía un solo dedo, podía tocarla. No se atrevió a hacerlo. Sus instintos le decían que Aquello, era grande y poderoso. Que en lo que durara un suspiro, podría destrozarla.
¿Cómo lo había hecho? ¿Cómo le había dado alcance? ¿Cómo había podido aproximarse hasta ella sin tan siquiera oír nada? ¿Qué podía hacer? ¿Tenía alguna posibilidad o estaba perdida?
Estaba petrificada, y en su interior temblaba como una hoja.
Aquello, si tenía ojos, debía estar observándola fijamente, con la boca entreabierta, con tensión en sus posibles movimientos, con ansiedad en el rumor de sus pulmones. Próximo, tan próximo que sin tocarla podía asfixiarla. A milímetros de distancia. Tan pegado a ella que la escapatoria era una quimera.
Entonces, lo oyó gruñir.
Era un sonido extraño, apagado y brusco. Hiriente como una laceración. Mordiente como un espacio vacío bajo los pies. Peligroso como un encuentro.
Más que un gruñido, era como un rechinar de dientes. Eso era. Los maxilares apretados, rumiando sin parar, unido a un gorjeo seco y cadente.
El rechinar de dientes se hizo más intenso y más frecuente. Como si se estuviera preparando para el ataque.
Y entonces, sucedió algo que empapó su cuerpo.
Otro rechinar de dientes se inició justo enfrente de ella. A escasos centímetros de su nariz.
Otro a su izquierda, junto a su hombro, a la distancia de un folio.
Se inició otro, justo al lado, entre éste y el gruñido de la espalda.
Otros dos a cada lado del rumiar que tenía enfrente.
Y uno más comenzó a escucharse a su derecha.
Estaba completamente rodeada.
De pronto, el rechinar de dientes se extendió por el parking. Detrás de cada uno se iniciaba otro.
Y otro.
Y otro.
Y todos y cada uno se escuchaban inmediatamente detrás del anterior. Pegados unos a otros. Una vasta población de gruñidos la rodeaban e inundaban el parking como marea alta.
Los tenía tan cerca que se sentía aprisionada. Envuelta por ellos.
Aislada.
Se sintió enterrada de pie.
No podía respirar.
No podía mover un solo músculo sin chocar con Aquellos que la rodeaban.
Irremediablemente, perdida entre fauces rechinantes, se echó a llorar. Un sollozo callado y lento que se fundía entre la algarabía de aquellos seres.
Anticipó el momento del primer mordisco.
Y en aquel instante, justo en aquel instante, en un segundo previo, en un eterno microinstante, las luces de emergencia del parking titilaron.
Un frenético rumor a zapatillas arrastradas se inició bajo el auspicio de un gramo de luz. Le pareció ver algo, unas sombras, una especie de formas semihumanoides corretear en ordenada formación.
Pero no estaba segura.
De repente, los fluorescentes de todo el parking carraspearon y uno detrás de otro se fueron encendiendo, iluminando por momentos el garaje.
Sus ojos, inyectados en nervios, necesitaron su tiempo para acostumbrarse de nuevo a la luz.
Estaba sola.
Completamente sola.
Miró hacia un lado y hacia otro, buscando algo, pero no divisó a nadie ni a nada.
No había rastros. Nada.
Vio su coche, justo enfrente.
Intentó dar un paso hacia delante con el pie derecho y topó con algo.
Bajó la vista, alarmada.
Era su móvil.
Estaba ahí, a un escaso centímetro de su pie.
Se agachó a recogerlo.
Antes de que pudiera tocarlo, empezó a vibrar.
Una alarma. La cita de hoy.
En el suelo, aquella vibración producía un sonido extraño.
Parecía... sólo parecía...  un rechinar de dientes.